lunes, 30 de junio de 2008

JOSÉ SERRANO BATANERO (24-02-1940)


Natural de Cifuentes (Guadalajara) Hijo de Félix y Epifania. Abogado. Fue fusilado en Madrid el 24 de febrero de 1940, tenía 60 años.
“Serrano Batanero era conocidísimo en Madrid, donde se dedicaba hacía muchos años al ejercicio de la abogacía. Defensor en varios procesos famosos a lo largo de nuestro siglo, era uno de los tres o cuatro criminalistas célebres de España.(...)Su actitud ante los jueces fue sencillamente magnifica, la propia de un hombre de derecho. De acusado se convirtió en acusador negando a los jueces, por rebeldes, la facultad de juzgarlo a él, que había seguido fiel al gobierno de la República, que era la expresión inequívoca de la voluntad popular.”

Fuente: Archivo Amaro del Rosal. Fundación Pablo Iglesias.

Festival celebrado en los cuarteles de Vicálvaro. Serrano Batanero junto a Henche y Miaja.
Foto AGA
"De los primeros meses quedaba en la cárcel el recuerdo de la dignidad dejada por el ya fusilado don José Serrano Batanero, el conocido abogado republicano. Ocasión hubo en que un guardia- ni siquiera funcionario- llego gritando por "Serrano Batanero". Ante la inutilidad de su indagación, el recluso jefe de sala insinuó al demandante la conveniencia de comenzar por "don José". así cuando el guardián declinó el nombre y apellidos precedidos de la partícula de respeto a la que como hombre de carrera, cargo y ciudadanía tenía derecho don José, se levantó éste y se presentó. Al sentir más tarde la hora de su saca se cortó un mechón de cabellos que entrego a un amigo próximo a fin de que lo hiciera llegar a su hija."

Fuente: Triunfo digital.

Comisión presidida por Serrano Batanero, entre los asistentes, Clara Campoamor.
Madrid 1937. Serrano Batanero junto a miembros de la comisión europea, sobre los tejados del Museo del Prado, en los días previos a su evacuación
El estallido de la Guerra Civil llevó a Serrano Batanero a significarse más profundamente con el pueblo. A comienzos de 1936 había sido nombrado Consejero permanente de Estado, y tras aquel vendrían otros, entre los que figuraron el de Presidente del Comité Directivo de la Confederación Española y del Instituto de Crédito de las cajas generales de Ahorro, cargo del que dimitió a comienzos de 1937 para pasar a ocupar un cargo de concejal en el Ayuntamiento de Madrid, presidido entonces por Rafael Henche de la Plata. En meses sucesivos sería Consejero Delegado de Tranvías; Consejero de Cultura; Consejero del Monte de Piedad… Y en función de tales cargos, así como por sus indudables dotes oratorias, recorrió los frentes madrileños de la guerra dando charlas, rechazando, cuantas veces se le propuso, ocupar ministerios. Formando parte junto a otros conocidos abogados, entre ellos Victoria Kent, del comité de “Abogados Antifascistas”, entre otras muchas asociaciones siendo, desde su cargo en el Ayuntamiento de Madrid, uno de los responsables de la protección y evacuación del Museo del Prado, al tiempo que ejerció de anfitrión a las delegaciones extranjeras que por aquellos días visitaron Madrid.
En ningún momento, ni antes ni después de la guerra, mostró deseos de abandonar Madrid. Tampoco quiso marchar al exilio cuando la guerra estuvo perdida para los republicanos, no oponiendo ninguna resistencia a su detención, al término de aquella.

1938. Visitando los frentes de guerra
Fue juzgado en consejo de guerra acusado de “auxilio a la rebelión”, puesto que no se le pudieron probar otro tipo de delitos, encargándose de su propia defensa y dirigiéndose a los miembros del tribunal que lo juzgaba como “señores rebeldes”, haciendo una alocución en la que con los códigos militares en la mano demostró a sus juzgadores que ellos eran quienes debieran enfrentarse al tribunal.Y entendiendo que aquellos habían cambiado las leyes para juzgar a sus adversarios, y sintiéndose por tanto él mismo adversario de quienes lo juzgaban, solicitó su propia pena de muerte, para vergüenza de quienes habían jurado defender las leyes por su honor de militares, convirtiéndose en traidores de su propio juramento. Admitiendo haber cometido el delito de ser leal a la legitimidad republicana que ustedes como golpistas han mancillado.En ningún momento consintió que se dirigiesen a él sin anteponer el “don”, como le correspondía por sus estudios, nombramientos y títulos. 

Contrajo matrimonio en Durón, el 24 de septiembre de 1911, con Esperanza Serrano Monserrat, con quien tuvo tres hijas, de las que únicamente una le sobrevivió ejerciendo en Madrid el mismo oficio de abogado que su padre.

Aquella madrugada en la que se lo llevaron camino de las tapias del cementerio del Este de Madrid desde la cercana cárcel de la calle de Torrijos (hoy calle del Conde de Peñalver), donde dejaría su vida, podemos imaginar que escribió su última carta. Aquella que pudo titular “Cuando el alba me alcance”: Cuando el alba me alcance nada tendrá importancia y todo estará perdido, o quizá sea el comienzo de algo nuevo. De cualquier modo habré mantenido, hasta ese momento, mi dignidad.

-Muy arrogante es usted. Una lección de humildad cuando tan escaso tiempo le resta en este mundo y tan poca vida le queda no le vendría mal. Habrá que ver si tan gallito se sostiene dentro de…– se han atrevido a decirme cuando me han comunicado que al alba ha de ser. Dentro de unas horas, no importa cuántas, pues el tiempo se me detuvo el mismo día en el que a la libertad del pueblo le pusieron cadenas.Extraño puede resultar a quien lo lea, y desconcertados quedaron los miembros del Tribunal  rebelde que me juzgó; en el fondo solicitar mi condena era acusarlos a ellos, a los sediciosos, a los rebeldes, de todas y cada una de las condenas inocentes que una tras la otra comenzaron a cargar sobre sus espaldas desde ese, dichoso para ellos y adverso para los españoles de corazón libre, primero de abril de 1939. Tanta sangre derramada en la inocencia… Los veía, a mis jueces, como personajes de un espectáculo de títeres sin escrúpulos, con hambre y sed de venganza. Por ello, y en bandeja, les ofrecí mi vida.-Es por ello, señores rebeldes de este dignísimo Tribunal que no me cabe mayor desagravio que el de solicitar, como así lo solicito, la pena de muerte. Una vez más, perdí la cuenta de las que lo hicieron a lo largo del proceso, fui llamado al orden, a su orden - Se le advierte que de continuar con su desacato…- No pueden considerar desacato, señores rebeldes de este digno Tribunal, que me dirija a ustedes como rebeldes, pues ustedes se alzaron en rebeldía contra el Gobierno legalmente constituido. Satisfacción personal acusar de rebeldía a quien me acusaba de auxilio a la rebelión, cuando no hice otra cosa que mantenerme firme en la convicción de servir al pueblo y Gobierno elegido por él. Tampoco mis quejas les importaban demasiado, pues en su ánimo estaba que la representación teatral, queriendo dar legalidad a un proceso judicial que no la tenía, concluiría en condena. Y la sentencia concluyó con la condena a muerte. Por garrote vil, como castigo a mis reiterados desacatos, según ellos. Ratificando que sí, que en su último ánimo se encontraba la venganza. Su venganza cristiana en el nombre de Dios y del nuevo orden jurídico e institucional formado tras su llamada Cruzada de Liberación Nacional. 
José Serrano Batanero
Al venir a notificarme el inmediato cumplimiento de la sentencia escuché que alguien pronunciaba mis apellidos, sin más
-¿Serrano Batanero? He clavado mis ojos en quien me buscaba
-Si es al Excelentísimo Señor Don José Serrano Batanero a quien busca…. No tiene usted por qué apearme tratamientos. Tengo el de Excelentísimo Señor en base a los cargos que desempeñé a lo largo de mi vida, y tengo el Don como precedente a mi nombre, puesto que me doctoré en Derecho. Pueden ustedes arrebatarme la vida, pero nunca mi dignidad, son mis carceleros, pero ello no les exime de guardar las reglas de la formal educación. 
Y en ese afán de mantenerse en su rudeza, tras unos instantes de duda, me replica: 
- Es igual, Señor, Excelentísimo, o como usted lo quiera. Le traigo la notificación del cumplimiento de sentencia. De madrugada será fusilado. 
Al leer la notificación me llevé una grata sorpresa. El dignísimo Tribunal de rebeldes que ordenó mi muerte me conmutaba la pena de garrote por el fusilamiento junto a las tapias del cementerio del Este, en la madrugada del frío Madrid. Todo un detalle. El garrote es arma contra criminales, y nunca lo fui. Me duele conocer que tendré compañeros de viaje, don José Gómez Osorio, don Ricardo Zabalza y un joven, condenado por anarquista quien, en su pesadumbre, no ha sido capaz de pronunciar su nombre.
-Entereza muchacho –me he atrevido a decirle al conocer que se encontraba en idéntica situación a la nuestra-, la muerte puede ser una tragedia si se la teme. Una victoria si, enfrentándonos a los verdugos, la miramos avergonzándolos a ellos. 
El delito de mis compañeros de viaje, de don José y de don Ricardo, el mismo que el mío, la oposición al Movimiento, su movimiento, desde nuestros diferentes cargos. Don José, Gobernador civil de Madrid en los meses previos a la derrota. Don Ricardo, líder del Sindicato de Trabajadores de la Tierra. A don José le han permitido despedirse de su hijo Sócrates, que aguarda destino en nuestra misma prisión, celda contigua a la nuestra. Se hace larga la espera, hasta que alguien llega y pronuncia el nombre:
-Excelentísimo Señor Don José Serrano Batanero…
Escucho el sonido ronco del motor del vehículo aguardando, y ese marcial marcar el paso de quienes dispararán sus armas sin preguntarse contra quien lo hacen, ni por qué, para no ensuciar sus conciencias más de lo que están…
Los fusiles se dispararon sobre las tapias del cementerio del Este, en Madrid, la madrugada del 24 de febrero de 1940. Don José Serrano Batanero, que acababa de cumplir 60 años de edad, había nacido en Cifuentes en 1879, hijo de Félix Serrano Sanz y de Epifania Batanero Palafox, y no permitió que le vendasen los ojos.

Fuente: Tomás Gismera Velasco (henaresaldia.com) 





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