Nació en Navalmoral de la Mata (Cáceres). Licenciado en derecho. Juez por oposición desde 1908. En excedencia de 1922 a 1933. Magistrado del Tribunal Supremo. Decreto de 10 de octubre de 1936 y Presidente de la Audiencia Territorial de Madrid desde el 24 de diciembre de 1938 hasta el fin de la guerra.
Juan José González de la Calle fue fusilado en las tapias del Cementerio del Este el 17 de septiembre de 1941.
Publicaciones:
"La administración de Justicia y la política en Revista de los Tribunales y Legislación Universal, 65 (1931) pg 361-365;
"El Tribunal Supremo de Justicia y los diversos elementos que le integran" en Revista de los Tribunales...68 (1934) pgs 103-106 y 301-308.Fuente:Marzal Rodriguez, Pascual : Magistratura y República. El Tribunal Supremo 81931-1939. Valencia,2005 Edit. Práctica del Derecho.
Natural de Cifuentes (Guadalajara) Hijo de Félix y Epifania. Abogado. Fue fusilado en Madrid el 24 de febrero de 1940, tenía 60 años.
“Serrano Batanero era conocidísimo en Madrid, donde se dedicaba hacía muchos años al ejercicio de la abogacía. Defensor en varios procesos famosos a lo largo de nuestro siglo, era uno de los tres o cuatro criminalistas célebres de España.(...)Su actitud ante los jueces fue sencillamente magnifica, la propia de un hombre de derecho. De acusado se convirtió en acusador negando a los jueces, por rebeldes, la facultad de juzgarlo a él, que había seguido fiel al gobierno de la República, que era la expresión inequívoca de la voluntad popular.”
Fuente: Archivo Amaro del Rosal. Fundación Pablo Iglesias.
Festival celebrado en los cuarteles de Vicálvaro. Serrano Batanero junto a Henche y Miaja.
Foto AGA
"De los primeros meses quedaba en la cárcel el recuerdo de la dignidad dejada por el ya fusilado don José Serrano Batanero, el conocido abogado republicano. Ocasión hubo en que un guardia- ni siquiera funcionario- llego gritando por "Serrano Batanero". Ante la inutilidad de su indagación, el recluso jefe de sala insinuó al demandante la conveniencia de comenzar por "don José". así cuando el guardián declinó el nombre y apellidos precedidos de la partícula de respeto a la que como hombre de carrera, cargo y ciudadanía tenía derecho don José, se levantó éste y se presentó. Al sentir más tarde la hora de su saca se cortó un mechón de cabellos que entrego a un amigo próximo a fin de que lo hiciera llegar a su hija."
Fuente: Triunfo digital.
Comisión presidida por Serrano Batanero, entre los asistentes, Clara Campoamor.
Madrid 1937. Serrano Batanero junto a miembros de la comisión europea, sobre los tejados del Museo del Prado, en los días previos a su evacuación
El estallido de la Guerra Civil llevó a Serrano Batanero a significarse más profundamente con el pueblo. A comienzos de 1936 había sido nombrado Consejero permanente de Estado, y tras aquel vendrían otros, entre los que figuraron el de Presidente del Comité Directivo de la Confederación Española y del Instituto de Crédito de las cajas generales de Ahorro, cargo del que dimitió a comienzos de 1937 para pasar a ocupar un cargo de concejal en el Ayuntamiento de Madrid, presidido entonces por Rafael Henche de la Plata. En meses sucesivos sería Consejero Delegado de Tranvías; Consejero de Cultura; Consejero del Monte de Piedad… Y en función de tales cargos, así como por sus indudables dotes oratorias, recorrió los frentes madrileños de la guerra dando charlas, rechazando, cuantas veces se le propuso, ocupar ministerios. Formando parte junto a otros conocidos abogados, entre ellos Victoria Kent, del comité de “Abogados Antifascistas”, entre otras muchas asociaciones siendo, desde su cargo en el Ayuntamiento de Madrid, uno de los responsables de la protección y evacuación del Museo del Prado, al tiempo que ejerció de anfitrión a las delegaciones extranjeras que por aquellos días visitaron Madrid. En ningún momento, ni antes ni después de la guerra, mostró
deseos de abandonar Madrid. Tampoco quiso marchar al exilio cuando la guerra
estuvo perdida para los republicanos, no oponiendo ninguna resistencia a su
detención, al término de aquella.
1938. Visitando los frentes de guerra
Fue juzgado en consejo de guerra acusado de “auxilio a la rebelión”,
puesto que no se le pudieron probar otro tipo de delitos, encargándose de su
propia defensa y dirigiéndose a los miembros del tribunal que lo juzgaba como “señores rebeldes”,
haciendo una alocución en la que con los códigos militares en la mano demostró
a sus juzgadores que ellos eran quienes debieran enfrentarse al tribunal.Y entendiendo que aquellos habían cambiado las leyes para juzgar
a sus adversarios, y sintiéndose por tanto él mismo adversario de quienes lo
juzgaban, solicitó su propia pena de muerte, para vergüenza de quienes habían
jurado defender las leyes por su honor de militares, convirtiéndose en
traidores de su propio juramento. Admitiendo haber cometido el delito de ser leal a
la legitimidad republicana que ustedes como golpistas han mancillado.En ningún momento consintió que se dirigiesen a él sin anteponer
el “don”, como le correspondía por sus estudios, nombramientos y títulos.
Contrajo matrimonio en Durón, el 24 de septiembre de 1911, con
Esperanza Serrano Monserrat, con quien tuvo tres hijas, de las que únicamente
una le sobrevivió ejerciendo en Madrid el mismo oficio de abogado que su padre.
Aquella madrugada en la que se lo llevaron camino de las tapias
del cementerio del Este de Madrid desde la cercana cárcel de la calle de
Torrijos (hoy calle del Conde de Peñalver), donde dejaría su vida, podemos
imaginar que escribió su última carta. Aquella que pudo titular “Cuando el alba me alcance”: Cuando el alba me alcance nada tendrá importancia y todo estará
perdido, o quizá sea el comienzo de algo nuevo. De cualquier modo habré
mantenido, hasta ese momento, mi dignidad.
-Muy arrogante es usted. Una lección de humildad cuando tan
escaso tiempo le resta en este mundo y tan poca vida le queda no le vendría
mal. Habrá que ver si tan gallito se sostiene dentro de…– se han atrevido a
decirme cuando me han comunicado que al alba ha de ser. Dentro de unas horas,
no importa cuántas, pues el tiempo se me detuvo el mismo día en el que a la
libertad del pueblo le pusieron cadenas.Extraño puede resultar a quien lo lea, y desconcertados quedaron
los miembros del Tribunal rebelde que me juzgó; en el fondo solicitar mi
condena era acusarlos a ellos, a los sediciosos, a los rebeldes, de todas y
cada una de las condenas inocentes que una tras la otra comenzaron a cargar
sobre sus espaldas desde ese, dichoso para ellos y adverso para los españoles
de corazón libre, primero de abril de 1939. Tanta sangre derramada en la
inocencia… Los veía, a mis jueces, como personajes de un espectáculo de
títeres sin escrúpulos, con hambre y sed de venganza. Por ello, y en bandeja,
les ofrecí mi vida.-Es por ello, señores rebeldes de este dignísimo Tribunal que no
me cabe mayor desagravio que el de solicitar, como así lo solicito, la pena de
muerte. Una vez más, perdí la cuenta de las que lo hicieron a lo largo
del proceso, fui llamado al orden, a su orden - Se le advierte que de continuar con su desacato…- No pueden considerar desacato, señores rebeldes de este digno
Tribunal, que me dirija a ustedes como rebeldes, pues ustedes se alzaron en
rebeldía contra el Gobierno legalmente constituido. Satisfacción personal acusar de rebeldía a quien me acusaba de
auxilio a la rebelión, cuando no hice otra cosa que mantenerme firme en la
convicción de servir al pueblo y Gobierno elegido por él. Tampoco mis quejas
les importaban demasiado, pues en su ánimo estaba que la representación
teatral, queriendo dar legalidad a un proceso judicial que no la tenía,
concluiría en condena. Y la sentencia concluyó con la condena a muerte. Por garrote
vil, como castigo a mis reiterados desacatos, según ellos. Ratificando que sí,
que en su último ánimo se encontraba la venganza. Su venganza cristiana en el
nombre de Dios y del nuevo orden jurídico e institucional formado tras su
llamada Cruzada de Liberación Nacional.
José Serrano Batanero
Al venir a notificarme el inmediato cumplimiento de la sentencia
escuché que alguien pronunciaba mis apellidos, sin más -¿Serrano Batanero? He clavado mis ojos en quien me buscaba -Si es al Excelentísimo Señor Don José Serrano Batanero a quien
busca…. No tiene usted por qué apearme tratamientos. Tengo el de Excelentísimo
Señor en base a los cargos que desempeñé a lo largo de mi vida, y tengo el Don
como precedente a mi nombre, puesto que me doctoré en Derecho. Pueden ustedes
arrebatarme la vida, pero nunca mi dignidad, son mis carceleros, pero ello no
les exime de guardar las reglas de la formal educación. Y en ese afán de mantenerse en su rudeza, tras unos instantes de
duda, me replica: - Es igual, Señor, Excelentísimo, o como usted lo quiera. Le
traigo la notificación del cumplimiento de sentencia. De madrugada será
fusilado. Al leer la notificación me llevé una grata sorpresa. El
dignísimo Tribunal de rebeldes que ordenó mi muerte me conmutaba la pena de
garrote por el fusilamiento junto a las tapias del cementerio del Este, en la
madrugada del frío Madrid. Todo un detalle. El garrote es arma contra
criminales, y nunca lo fui. Me duele conocer que tendré compañeros de viaje,
don José Gómez Osorio, don Ricardo Zabalza y un joven, condenado por anarquista
quien, en su pesadumbre, no ha sido capaz de pronunciar su nombre. -Entereza muchacho –me he atrevido a decirle al conocer que se
encontraba en idéntica situación a la nuestra-, la muerte puede ser una
tragedia si se la teme. Una victoria si, enfrentándonos a los verdugos, la
miramos avergonzándolos a ellos. El delito de mis compañeros de viaje, de don José y de don
Ricardo, el mismo que el mío, la oposición al Movimiento, su movimiento, desde
nuestros diferentes cargos. Don José, Gobernador civil de Madrid en los meses
previos a la derrota. Don Ricardo, líder del Sindicato de Trabajadores de la
Tierra. A don José le han permitido despedirse de su hijo Sócrates, que aguarda
destino en nuestra misma prisión, celda contigua a la nuestra. Se hace larga la espera, hasta que alguien llega y pronuncia el
nombre: -Excelentísimo Señor Don José Serrano Batanero… Escucho el sonido ronco del motor del vehículo aguardando, y ese
marcial marcar el paso de quienes dispararán sus armas sin preguntarse contra
quien lo hacen, ni por qué, para no ensuciar sus conciencias más de lo que
están… Los fusiles se dispararon sobre las tapias del cementerio del
Este, en Madrid, la madrugada del 24 de febrero de 1940. Don José Serrano
Batanero, que acababa de cumplir 60 años de edad, había nacido en Cifuentes en
1879, hijo de Félix Serrano Sanz y de Epifania Batanero Palafox, y no permitió
que le vendasen los ojos.