José García Fernández, «El Pachorro», un indiano con posesiones en la provincia argentina de Tucumán, pagó la educación de Regina en el Colegio del Asilo de Luarca, junto a 400 críos más. Quiso adoptarla y llevarla a América, pero sus padres no aceptaron y trajo de Alemania a un especialista para que le implantara unos brazos mecánicos, sin éxito.
La misma personalidad fuerte que la llevó a entrenar sus pies le hizo expresar sus ideas con vehemencia. Cuando se enteró de que el párroco de su pueblo quería cobrar ocho pesetas a una familia paupérrima por oficiar el entierro de su hijo de un año le dedicó una poesía satírica que acabó con el propio obispo de Oviedo reprendiéndola.
En 1936 inició su proyecto «Selección» para escolarizar a todos los niños y niñas con capacidades hasta donde llegaran evitando que buenas cabezas se perdieran en lejanas aldeas. En la primavera de 1936 dio discursos -a veces con pequeñas actuaciones- para mover conciencias y aligerar bolsillos. Lo hizo con su convicción habitual. El semanario luarqués La Democracia la acusó de querer una enseñanza sin Dios, lo que ella negó.
La Asturianita actuó varias veces en el Madrid de la guerra donde ni quiso estarse quieta ni supo estar callada. Como se desenvolvía con labia e influencias y, según su biógrafo Luis González Fernández, tenía una necesidad patológica de notoriedad, intervino para excarcelar a parientes de la pensión, lo que la llevó ante Ángel Pedrero, hoy recordado como antiguo jefe de una checa (prisión parapolicial) y responsable del servicio de inteligencia de la República. Pedrero le propuso ser espía en Francia, lo que ella rechazó. El jefe del espionaje la mandó detener y encarcelar, aislada, en la prisión de Ventas el 4 de abril de 1937. En los cinco años que le quedaban de vida sólo tendría unos días de libertad. El resto lo vivió entre prisiones, juzgados y manicomios. Aunque confesó, en ocasiones, que se había hecho la loca para salir de la prisión, es difícil saber, en cada momento, cuánto estaba afectada su conducta por la valentía, la imprudencia o una mala salud mental.
Cuando Madrid pasó a manos de los franquistas, Regina, como represaliada de la República, quedó inmediatamente en libertad. Por poco tiempo.
La anécdota de una tarde de cine explica bien al personaje. Al terminar la película, a los acordes del himno nacional, todos los espectadores se pusieron en pie e hicieron el saludo franquista. Un joven se acercó a la artista, que iba cubierta con un abrigo capa, y le exigió que levantase el brazo porque «estamos en la España de Franco». Ella respondió: «Pues yo no levanto el brazo ni ante el mismísimo Franco, aunque me maten». El falangista la quiso llevar detenida, ella aclaró el malentendido y algunas personas intercedieron para poner sentido común en la estúpida situación.
Poco después del incidente del cine empezó a recibir visitas de agentes del nuevo régimen que le propusieron colaborar en la represión y, sea porque se negó o por una denuncia, la detuvieron de nuevo, la interrogaron en la Dirección General de Seguridad y la volvieron a encarcelar en Ventas, un edificio atestado donde se vivía el miedo a las sacas, se oían los fusilamientos en los paredones del cementerio del Este, había hacinamiento, hambre e insalubridad. Allí, enferma de fiebres y desequilibrada, rompía el sueño de las demás reclusas cantando asturianadas por las noches.
Por los fragmentos que recoge González Fernández, el juicio a La Asturianita revuelve las tripas. Su defensor la conoció a la puerta de la sala de juicios; la Guardia Civil la presentó como creadora de una «vasta organización internacional, calificada por ella como Selección, de corte masón»; la Policía militar en 1939 la certificó como afecta al glorioso Movimiento Nacional, no faltó el «al parecer se trata de una persona bastante peligrosa» sin especificar el parecer de quién y la Guardia Civil de Luarca la calificó como «persona de actividades izquierdistas y muy propagandista del comunismo, peligrosa para la causa ya que por su cultura se desenvuelve con mayor facilidad, huyó a campo enemigo no habiendo cometido desmanes por hallarse inútil de los brazos». Un gañán compareció brazo en alto y al grito de «acuso a Regina de haberme delatado» con tales modos que el presidente de la sala lo expulsó. El informe psiquiátrico le diagnosticó «parafrenia sistemática» (el de la República, la evaluó como «enferma mental paranoica con delirio reivindicador»). Aunque Regina se enfrentaba a una petición fiscal de «reclusión perpetua a muerte» no hubo en sus deposiciones miedo ni culpa sino desenvoltura confiada.
A Regina la mató en tres días «el piojo verde», un azote de la posguerra. Ingresó muy grave en la sala de infecciosos del Hospital del Rey y le diagnosticaron tifus exantemático, la enfermedad del frío, del cansancio, de la suciedad en campamentos, cuarteles y cárceles. Murió el 22 de mayo de 1942, con 44 años, acompañada por María, su hija adolescente, y por su cuñada Josefa.











































