miércoles, 2 de julio de 2008

GERARDO MUÑOZ MUÑOZ (24-06-1939)

A su esposa María.
"Cuando esto vean tus ojos
yo dejé de existir
para todos
pero no para ti...
La maldad de los hombres
hizo presa en mis carnes;
padecí los horrores
del odio y la barbarie.
Sana y honestamente
vivimos nuestra vida.
Digno llegué a la muerte;
con honra, sin mancilla.
Nuestra canción eterna
no se ha de interrumpir;
tú vives en la tierra:
yo siempre vivo en ti."


Gerardo Muñoz.



Presencié ya tres veces la salida
de hombres que jamás han de volver.
Pero al oír tu nombre de partida
la emoción embargó todo mi ser.
A la brutal llamada de la muerte
acudiste con ánimo tranquilo,
mostrando en la mirada que eras fuerte
y aceptando sereno tu destino.


(Versos escritos para Gerardo Muñoz por Francisco Román Aparicio, también fusilado en el Cementerio del Este)


Gerardo Muñoz, maestro de Móstoles en 1939, viajó a Madrid, desde Albatera, en Alicante, metido en un ataúd. No se trataba de un extravagante que hubiera decidido vivir semejante experiencia como una vivencia surrealista. La idea de tal traslado se debió, sin duda, a las almas compasivas que viajaron desde Madrid hasta el campo de concentración donde Muñoz estaba, entre las cuales se encontraba el hermano del entonces cura de Móstoles, para que la representación culminara en la plaza del pueblo madrileño. La gente de Móstoles fue obligada a asistir a la representación porque sus piadosos autores no podían permitirse la falta de público, ni que aquella gente se perdiera el ejemplo de la tortura a la que sometieron al maestro en su auto sacramental. La escena la cuenta María Antonia Iglesias en su libro Maestros de la República. Los otros santos, los otros mártires, con tanta brillantez narrativa como emoción. Lo hace con la ayuda de quien precisa el dato, Koldo Palacín, historiador, y con el dolor vivo de una sobrina- nieta de la víctima, Graciela Muñoz. Iglesias, que a lo largo de todo el libro pone en pie con eficaz escritura diez historias de la crueldad humana en distintos escenarios españoles, cuenta el miedo de aquellos vecinos madrileños que de no haber asistido al espectáculo hubieran tenido que pagar las cinco pesetas que no tenían y con las que se multaba "toda ausencia no justificada". Y es que este hermoso libro consigue no sólo verificar las historias dramáticas de estos maestros que perdieron sus vidas, con las miserias en las que se vieron envueltos en sus condenas, sino el contexto social y el sufrimiento de los que asistían a la barbarie, sometidos y en silencio. La representación de Móstoles pudo haber acabado allí mismo, con la muerte de la víctima, pero decidieron prolongar su sufrimiento conduciéndolo a la cárcel de Porlier, un centro de escolapios, hasta que el día de san Juan de aquel mismo año lo fusilaron junto a la tapia del cementerio de la Almudena. Una vez consumada esta liturgia, fue el propio párroco de Móstoles el que informó personalmente a la Comisión Depuradora del Magisterio de que Gerardo Muñoz "ha sido fusilado por la Justicia del Caudillo", así, con mayúsculas, para terminar deseando al dictador larga vida por la gracia de Dios. Pero para entender mejor los recovecos de la miseria sacerdotal hay que tener en cuenta este dato: el cura de Móstoles había intentado conseguir la plaza de maestro de Gerardo Muñoz y no la obtuvo. No es el único caso de miserable con sotana que María Antonia Iglesias narra en su libro, incluso llega a hablar en Zamora con un clérigo superviviente de notable cinismo, pero estos ejemplos sirven, no para negar que también hubiera entre los partidarios de la sublevación del 18 de julio mártires verdaderos, sacrificados por su fe, sino para constatar que la Iglesia española, tan dispuesta a dar altar a ésos sus mártires, se haya resistido a pedir perdón por su papel de verdugo. Además, muchos de esos otros santos, otros mártires, bastantes de ellos católicos, incluso católicos fervientes, pero con las modernas ideas pedagógicas de la República, fueron perseguidos por su propia Iglesia, más cercana en este caso a la demencia criminal que a los comportamientos evangélicos. Maestros de la República es un libro sobrecogedor, porque sobrecogedores son todos los asesinatos y represalias que se describen, pero sobrecoge también comprobar en esta obra de qué modo los buenos y prudentes maestros republicanos encarnaron el odio de los sublevados al ejemplar proyecto educativo de la República. Es éste un libro incómodo para quienes desde las tribunas públicas muestran repudio y desdén por cualquier santo o mártir que no esté en el catálogo de aquellos a cuyas beatificaciones asisten con peineta. Pero a esos resistentes a la memoria que no les conviene, quizá no sobre recordarles unas palabras de Dulce Chacón que aparecen ahora en un cartel en las calles de Madrid: "Somos víctimas del silencio de nuestros padres y responsables de la ignorancia de nuestros hijos". El viaje en ataúd del maestro de Móstoles es una metáfora muy expresiva de una siniestra procesión muy repetida en nuestra historia y ojalá irrepetible.


Fernando Delgado. Un viaje en ataud.






"El miedo y el silencio"
Dos filas de rejas y, en medio, los guardias. A un lado, las familias y al otro, los presos. Todos gritaban y nadie conseguía escuchar nada. Así recuerda Celia Muñoz la última vez que vio a su padre, Gerardo, un día antes de que le fusilaran, en julio de 1939. "No había cogido un fusil en su vida". Ella tenía 12 años cuando estalló la guerra.
Con aquellos recuerdos de infancia ha vivido Celia Muñoz hasta que hace unos años empezó a ver los papeles de su padre, que habían permanecido en un cajón, guardados por su madre, primero, y por su hermano, después. "Nos educaron en un ambiente de silencio y de miedo. Las madres no contaban, ni dentro de casa, lo que había pasado", dice. En aquellos papeles que guardaba su hermano encontró las cartas que su padre, maestro nacional en Móstoles (Madrid) durante 16 años, escribió desde prisión, los poemas. Y a través de ellos ha seguido descubriendo cosas. Durante el rodaje de La escuela fusilada, ha visto el expediente de depuración de su padre. Ya le habían fusilado, y así consta a lápiz en la documentación, pero se lo abrieron de todas maneras.



(Imágenes procedentes del documental "La escuela fusilada")


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